Allá por el mes de abril una noticia de agencia llevaba la preocupación a todo el mundo: la directora de la OMS calificaba la situación de "muy grave" ante el brote de un extraño virus declarado en México y EE UU.
En menos de un año, la alarma y el miedo viajaron velozmente hasta los lugares más recónditos del planeta, mucho más rápido que el propio virus, que, o bien se ha quedado por el camino, o, como se dice por aquí, no era tan fiero el león como nos lo pintaron.
De una u otra forma, la polémica está servida, y en estos próximos meses veremos multitud de opiniones y artículos, de los más distintos “eruditos”, que discernirán sobre lo acertado o equivocado de las actuaciones sanitarias de estos nueve meses.
Porque esa ha sido la duración de esta pandemia, un embarazo, que esperemos no se complique. Nueve meses en los que la inversión de los estados del primer mundo en la compra de vacunas y antivirales ha sido millonaria, siguiendo las recomendaciones de los expertos de la Organización Mundial de la Salud. Algunos de ellos, parece que estaban “muy bien asesorados” por las empresas farmacéuticas encargadas de la fabricación de estas vacunas y medicamentos. (Declaraciones del Dr. Wolfgang Wodarg, presidente de la comisión de salud del Consejo de Europa)
Resumir en estas pocas líneas todo el proceso que henos vivido, es difícil y complicado. Las noticias, al principio surgían de cualquier sitio, y el miedo se implantó en casi toda la ciudadanía -la memoria humana es corta cuando interesa olvidar-, y apenas recordamos los avisos sanitarios sobre la fiebre, los pañuelos de un solo uso, los desinfectantes, los no besos al saludar, el no tocar, el no llevar al niño al cole 10 días si tiene fiebre, el que la maestra te lo traiga (o casi expulse del centro), el recuento diario del número de fallecidos y contagiados, el evitar casi todo en esta vida y ser causa de múltiples acciones de dudosa ética y legalidad.(En Egipto, hasta aprovecharon la pandemia para eliminar a los cerdos que crían los cristianos, con el pretexto de evitar contagios).
Paulatinamente, al disminuir la incidencia y los casos, las noticias fueron siendo menos alarmistas, y la población empezó a relajarse, las normas casi nunca nadie las ha cumplido, y cuando la famosa vacuna llegó a los centros sanitarios, el interés por la gripe porcina y el temor hacia su contagio era tan mínimo, que la población en general, y la sanitaria en particular, pasó casi olímpicamente de esta vacunación.
Pero sí hay un tema, que a mí personalmente me ha llamado mucho la atención durante este proceso: los países del hemisferio sur pasaron la pandemia sin ningún tipo de vacuna, y en ellos, la mortalidad y morbilidad no fue superior a la de una gripe anual normal.
Valga un ejemplo para que se comprenda mejor: Nueva Zelanda, en nuestras antípodas, una vez finalizado el invierno, de junio a septiembre, valoró la incidencia de la gripe y la mortalidad que originó.
Los datos fueron llamativos, pero nadie quiso darles importancia ni apenas se difundieron en la prensa de nuestro país.
En resumen concluyeron que los casos de gripe A habían supuesto más del 90% de todos los casos de gripe registrados en el país – primera duda: si esto era lo que se esperaba también en España y en el resto de países, ¿para qué vacunar de gripe normal?- .La segunda conclusión concretaba que el número de fallecimientos había sido muy, pero que muy inferior al que origina en cualquier invierno un brote de gripe estacional. –segunda duda: entonces, si la mortalidad es muy inferior a la gripe normal, ¿para qué vacunar de gripe A?
Las dudas a todas estas cuestiones nos seguirán persiguiendo durante tiempo, y, lo que debe quedar claro, es que la actuación de las autoridades sanitarias de nuestro país ha sido impecable, ya que se han atenido a las recomendaciones que continuamente daban los distintos expertos y organismos internacionales. Tal vez, si no se hubiera actuado así, hoy estaríamos hablando de otras cifras.
Otro tema a discutir sería el acumulo masivo de vacunas y de antigripales (tamiflú y ralenza), estos últimos bajo estricto arresto militar hasta hace pocos días.
A día de hoy, hemos olvidado el anunciado peligro de la infección por el virus H1N1, y a casi nadie le preocupa el tema. Atrás han quedado algo más de 200 personas fallecidas, a pesar del buen hacer de los profesionales sanitarios, en nuestro país a causa del virus o, como bien se decía, por complicaciones de su enfermedades de base. Para ellos y sus familias, esta GRIPE sí ha sido triste, y sin consuelo alguno. Todo lo anunciado por la OMS se ha cumplido en sus casos. Muchos de ellos, enfermedad y muerte, seguidas y relatadas al minuto por las televisiones, radios y periódicos del país, acusando, como casi siempre hoy día, al personal médico del fatal desenlace.
La crisis de la gripe A parece que ya ha pasado, y que sus peores pronósticos no se han cumplido al igual que sucedió con la otrora famosa gripe porcina. ¡Qué casualidad!
¡¡Ojalá todas las crisis mundiales y de este país terminaran de igual forma!!