El pensamiento es, sobre todo, una máquina de interrogar la realidad, nuestra cultura, nuestro entorno laboral, creativo y afectivo. Muchos creadores y creadoras no estamos solamente interesados en pintar, actuar, tocar un instrumento o diseñar una página web, nada de ello tendría sentido si no existiese una vida única y compartida que desarrollar en las mejores condiciones de plenitud posible.
Hasta aquí nada diferencia a quien pinta cuadros de quien levanta paredes; un responsable de la cultura institucional de esta ciudad me decía hace algún tiempo (cuando la construcción era aún el sector dorado del indiscriminado beneficio financiero que tantas bondades nos está trayendo) que más precariedad había en las obras, las de pico y pala, y que por tanto, demasiado concretar era achacar un mayor grado de temporalidad, indefensión o falta de expectativas a lo que algunos denominan la “clase creativa”.
Preguntar no es ofender, aunque haya preguntas que lo hagan, y generalizar supone a menudo eludir matices y problemas específicos a tratar, ya que éstos tienden a reclamar atenciones también específicas.
El mercado, por otra parte, requiere de sus actores (ofertantes y demandantes) esfuerzos adaptados a los tiempos y a la subordinación de los sectores laborales afectados a determinadas inercias estructurales asumidas como verdades inmutables; aunque ya vamos adivinado que aquello que llamamos mercado, a quien primero responde, es a sus propias necesidades de tráfico de mercancías materiales o inmateriales. Este es un problema común al hombre desde que éste es un lobo para sí mismo, tal y como decía el filósofo materialista aquel.
Cambiar es difícil y aprender también, aunque para algunos (entre los que me incluyo) no vale la pena cambiar por cambiar, sólo para adaptarte a las necesidades de la competencia o para aspirar a un trabajo un poco mejor explotado (vale decir también “remunerado”). Como si de una especie transgénica se tratara, el creador debe adaptarse, auto-programarse, auto-formarse, auto-emplearse (“yo creo, yo como”, dice el slogan del Proyecto Lunar a este respecto), y no sabemos si como los artefactos de James Bond, auto-destruirse, cuando los avatares del mercado lo decidan.
La base de nuestro aprendizaje como seres humanos reside, en mi opinión, en la capacidad de resistirnos a la generalización de situaciones así como a la escolarización y normalización de las ideas que generan esas situaciones. Discursos innovadores como los de la autonomía, la imaginación, la cooperación o la conciencia social, han sido sistemáticamente “arrimados” a la esfera pública del tráfico de poder por personas creadoras, no sólo creativas, que buscan una manera de articular sus valores e intereses en una sociedad, la nuestra, que continuamente re-coloca sus intereses y valores en función de la seguridad personal, el beneficio o la rentabilidad.
Desde el Sofware Libre pasando por la Cooperación Internacional, o la reciente normalización de la figura del trabajador creativo “dueño de sí”, todo vale, en su justa medida, para el cambalache del mercado de la innovación y la competencia. El arte y la cultura son las industrias creativas por antonomasia, potencialmente dinámicas y adaptables. El problema del trabajador de las virtuales industrias creativas en España es precisamente que nunca ha sido nada, ni siquiera trabajador; nunca ha sido intermitente del espectáculo como en Francia, o miembro de una unión de actores o músicos como en EEUU; ha sido funcionario público, profesor, gestor privado, trabajador precario por cuenta ajena o simplemente alguien que hacía algo (una producción cultural, una obra) sin esperar demasiado a cambio.
De aquí parte Córdoba en el recién inaugurado 2009 con menos de ocho años por delante para afrontar un proceso, sea cual sea, que no creo que pueda materializarse en grandes respuestas sino en el ejercicio continuado de enunciar las buenas preguntas, las que conduzcan a la construcción de la “vida buena” y al desarrollo cultural a escala humana al que muchos y muchas aspiramos.
Pero, ¿por dónde empezamos?. Habría que empezar por todo lo que no sabemos. Sólo por poner un ejemplo, ¿conocemos las carencias a nivel de espacios y de disponibilidad de los existentes con lasque contamos?, ¿conocemos la falta de relación entre la educación artística reglada y la realidad laboral en nuestra ciudad?, ¿sabemos cuánto de las ayudas y subvenciones llegan realmente a los creadores? ¿Sabemos que un sector emergente y actualmente potenciado por las Administraciones, las flamantes industrias culturales, está, en su escalón más básico (el de los trabajadores y trabajadoras) totalmente desvalido a nivel de unión y derechos sindicales, información, y sobre todo, posibilidades de auto-formación en las materias que les afectan?, ¿sabemos que simultáneamente no dejan de surgir estructuras empresariales aglutinantes fabricadas “desde arriba” y con un alarmante nivel de dependencia y coexistencia institucional?, ¿sabemos que muchas de esas empresas son especialmente opacas en sus financiaciones (públicas)?, ¿sabemos cuántas de ellas generan empleos de calidad y cuántas precarizan sistemáticamente?, ¿sabemos que cuando alguien en la Seguridad Social, Hacienda o el INEM pregunta alguna duda referida al Régimen Especial de Artistas el funcionario de turno mira hacia una localización indefinible entre el techo y una telaraña buscando a alguna autoridad superior que ilumine el entuerto sin que éste quede generalmente resuelto? En general, ¿sabemos lo difícil que es hacer de la creación un trabajo honrado y menos vulnerable a la arbitrariedad? Lo más razonable es, al basarnos en indicios objetivos, pensar que Córdoba difícilmente estará preparada para ser una referencia de creación y actividad cultural en Europa para el año 2016 ya que el holograma, por más dinero y expansión mediático-publicitaria que se le otorgue, no se materializará por arte de magia y marketing en una realidad que trascienda de una mera proyección hacia afuera o de una excusa para avanzar en infraestructuras. Y no lo hará si un proyecto de tal envergadura no está soportado por un tejido cultural de base, activo, valorado, competente y articulado.
Cabe también decir que por supuesto no todo es negativo. El terreno que pisamos no es malo, ha sido abonado por siglos de historia, vale. De vez en cuando genera frutos de calidad y alguna vez extraordinarios, bueno. Ahora bien, el argumento deLas Tres Culturas y Pepe Espaliú como fundamento de lo que hoy somos, resulta a estas alturas del todo excesivo. El holograma debe materializarse, en pocos años, y esa “materialización” me temo que no la van a lograr Noches Blancas o festivales Eutópicos, sino la atención y el fomento de un tejido emergente y activo, pero indefenso. Manuel Delgado, el brillante profesor catalán, se despidió de una charla con algunos de los militantes de Creadores Invisibles que asistimos a las conferencias de La Invención de las Ciudades invitándonos a que reflexionáramos sobre la raíz de la palabra cultura. Los orígenes del término se encuentran en una metáfora entre la práctica del cultivo de la tierra, el cuidado del campo y el ganado. Pues bien, eso hacemos nosotros, los Creadores y Creadoras Invisibles de esta ciudad: cultivamos y preparamos la tierra, sembramos, recolectamos, damos de comer a los animales, vigilamos nuestras necesidades y enfermedades. Pero, ¿y el terreno? El sembrado está baldío, poco regado, inaccesible porque las malas hierbas copan la tierra y no queda sitio para que crezcan los alimentos; hay que limpiarlo, plantarlo, cultivarlo con semillas de calidad y dando preferencia a éstas antes que a inversiones en tractores de última generación, antes que en contratar agrónomos de salarios millonarios, antes de fabricar una industria sintética de productores y visitantes a sueldo.
Antes de eso: las semillas, la tierra, las personas. Regar. Dejar crecer.